Premios San Pancracio

Tener un San Pancracio o no tener un San Pancracio

Por David Trueba

Hay dos leyendas urbanas en torno a las distinciones cinematográficas. Primera, que te es más difícil conseguir un trabajo tras un premio porque todo el mundo piensa que pedirás un sueldo más alto. Segunda, que ningún director es capaz de hacer una buena película después de que alguien le haya dedicado un libro a su obra. No sé si estas casi mitológicas maldiciones son ciertas, pero consuelan a los que no suelen ganar premios ni les dedican libros.

Los premios los suele otorgar gente que se quiere dar importancia. Entonces le conceden un premio a alguien y así consiguen hacerse una foto con ellos. Así por ejemplo el señor Alfred Nobel se relaciona con Faulkner y el Príncipe de Asturias se hace una foto con Woody Allen. Por eso me gustan los premios que no premian a los ganadores. Lo habitual es que la película que gana los Goya reciba todos los premios cinematográficos del año, desde el Ondas hasta el de la Asociación de Amigos del Esputo Verde. Pero el San Pancracio escapa de esas vilezas y de vez en cuando premia a alguien con quien nadie querría una foto.

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La primera vez que me quisieron dar el Premio San Pancracio me negué a venir a Cáceres y se lo dieron a otro. Bien hecho. Era por mi primera película y mi idea del triunfo hablaba inglés o francés. Por mi tercera película, volvieron a contactar conmigo, y esta vez ya con la lección de humildad bien aprendida y porque venía recomendado el galardón por íntimos amigos dije que sí. Cuando me disponía a venir a Cáceres, los integristas islámicos, que siempre se han opuesto a mi carrera, causaron una terrorífica matanza en Madrid y los premios, previstos para ese fin de semana, fueron aplazados.

Un año después me invitaron a entregar un premio. Acepté. Entregar un premio es mucho mejor que recibir un premio. Por ejemplo, para entregar el Oscar a la mejor actriz hay tortas. En cambio para entregar el premio a los mejores efectos de sonido de flatulencias en cortometraje no se exige currículum.

En Cáceres descubrí a los ReBross. Son gente que mira al cine sin los prejuicios habituales, constructiva, capaz, entusiasta y discreta. Que hacen una labor ejemplar para traer el cine a esos sitios de España que viven bajo el apagón. Sí, el apagón del cine más interesante que muchas veces ni siquiera llega a las cada vez más depauperadas carteleras. Son majos los Rebross. Se han hecho amigos de tipos que para aceptar un amigo lo someten antes a un examen durísimo, gente como Antonio Gasset, por ejemplo, del que se rumorea que va tanto a Cáceres porque ha montado un cortijo y se dedica a la cría del cerdo. A mí me llaman todos los años y me prometen que me van a dejar entregar el premio a la mejor actriz. Pero cuando llego siempre me toca dar el galardón a toda una vida o al mejor intérprete del año perteneciente a la raza bovina.

En los corrillos del cine español ya casi todo el mundo sabe que el San Pancracio es el premio más importante del país. La categoría se establece entre tener un San Pancracio o no tener un San Pancracio. Te lo dan cuando nadie te está mirando. No te arruina la carrera y, haciendo honor al santo, te permite encadenar trabajos sin parar hasta que otros premios con más renombre echan a perder tu prestigio. Gracias Pancracios y apasionados del cine. Aquí un amigo.